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jueves, marzo 12, 2026

 

Atrapados en Urgencias

SERIES

El subgénero del drama médico sigue vivo gracias a productos tan extraordinarios como ‘The Pitt’, de R. Scott Gemmil para HBO Max, que toma el relevo de ya clásicos como ‘St. Elsewhere’, ‘Urgencias’ o ‘House’



El actor Noah Wyle, al fondo de la imagen, sabe transmitir la tensión que se vive en urgencias en ‘The Pitt’
(REDACCIÓN / Terceros)
Daniel V. Villamediana
Resulta sin duda singular que un lugar tan atípico como las salas de urgencias se haya convertido en uno de los espacios más representados en la historia del medio televisivo. Un entorno que cada día se trasforma en un campo de batalla entre la vida y la muerte, y donde el cuerpo humano se ve expuesto —literalmente— tanto a nivel físico como a nivel emocional. Es por ello un lugar privilegiado para la narrativa audiovisual, ya que permite asistir a la fascinante resolución de problemas médicos y es además uno de los pocos espacios en el que confluye gente de muy distinta procedencia y clase social. Un verdadero crisol de realidades.

⁄ La tradición de series médicas es tan antigua como la televisión, pero ‘Medical Center’ fue el primer gran triunfo

Un subgénero que sigue de moda gracias a series tan extraordinarias como The Pitt, creada por R. Scott Gemmil para HBO Max, y que ahora estrena su segunda temporada. Sin embargo, la tradición de series médicas es casi tan antigua como la propia televisión. Sus primeros grandes éxitos los encontramos en la década de los años sesenta, cuando se estrenó Doctor Kildare (1961-1966), basada en las novelas de Max Brand, y que cautivó a la audiencia gracias a la actuación de Richard Chamberlain, un joven médico idealista. 
Aunque el verdadero triunfo de este formato vino de la mano de Medical Center (1969–1976) —primer drama médico emitido en España, que se tradujo como Centro médico, y tan influyente que incluso aumentó las vocaciones médicas—, más centrado en las tramas paralelas que en los casos médicos. También, todo hay que decirlo, hizo que su protagonista, el doctor Gannon, interpretado por Chad Everet, se convirtiera en uno de los sex-simbol de los setenta. Otro hito televisivo fue M.A.S.H. (1972-1983), una comedia negra que transcurría en Vietnam y cuyos protagonistas rompieron por completo la visión clásica de los médicos.

Hugh Laurie, como Gregory House(Archivo)
Esta serie será el preludio del gran cambio que se produciría a partir de los ochenta, cuando las series se volvieron más realistas, caso de St. Elsewhere (1982-1988) y luego de Urgencias (1997-2008), interpretada por George Clooney. Ya en la década del 2000 aparecen series como Anatomía de Grey, una de las más longevas, con 22 temporadas, pero centrada más en los líos amorosos y enredos que en la medicina en sí. Y, por supuesto, House (2004-2012), protagonizada por un excéntrico doctor que literalmente resuelve imposibles caso médicos al estilo Sherlock Holmes y que renovó el género, convirtiéndose en una serie de culto.
En los últimos años, propuestas como New Amsterdam, The Good Doctor o The Knick —esta de carácter histórico— han mantenido vivo un género que en cierto modo había quedado estancando debido a la saturación. Resulta así llamativa la aparición de The Pitt, cuya acción transcurre en un humilde centro de urgencias de la ciudad de Pittsburg. 

⁄ ‘The Pitt’ cautiva por varios motivos: realismo crudo, jugar con el tiempo real y dejar de lado tramas secundarias

La serie cautiva por varios motivos. En primer lugar, por su crudo realismo. No tiene miedo a mostrarnos —siempre de forma justificada— huesos rotos o cualquier víscera rebelde. En segundo lugar, porque juega con el tiempo real, ya que cada episodio corresponde con una hora del turno de los protagonistas. Tercero, porque deja de lado las tramas secundarias (amores, dramas familiares, etc.) y se centra en el trabajo de los profesionales. La acción transcurre en todo momento en la sala de urgencias, donde asistimos a una serie de microhistorias cruzadas en las que los personajes son seguidos por una cámara atenta y dinámica que no rehúye de la fealdad y lo crudo. Vemos así lo mismo que ven los médicos.
En cierto modo, el espectador se convierte en una especie de voyeur, atrapado por lo que se sucede, en parte por interés y en parte, quizás, por morbosidad. Sin embargo, los pacientes en The Pitt no son solo casos, ya que a través de ellos se filtra sutilmente la brutal realidad de fuera: violaciones, problemas con el seguro, abortos, maltratos, bulimia, etc.

Los actores Stephen Furst, William Daniels y Ed Begley Jr., en la serie 'St. Elsewhere' (NBC / Getty)

⁄ En la serie prima el rigor científico pero también la emocionalidad y el estrés que viven a diario los profesionales

En The Pitt prima el rigor científico. Vemos cómo se elabora un diagnóstico médico paso por paso hasta dar con un tratamiento adecuado, todo mediante unas intervenciones documentadas. Un hecho que da una credibilidad extraordinaria a cada episodio. Al mismo tiempo, es una obra sobre el poder de la memoria y el traspaso de conocimiento entre doctores y estudiantes de prácticas. Un trabajo que lleva el jefe médico, el Dr. Michael 'Robby' Rabinavitch, interpretado por Noah Wyle, y protagonista de la serie. Un actor con una impresionante presencia física cuya actuación logra transmitir cómo su personaje guarda dentro de sí cada muerte, cada fallo cometido bajo su guardia. El estrés que viven así los médicos y enfermeras es constante, y la serie logra transmitir los extraordinarios retos a los que se ven enfrentados los trabajadores de urgencias día a día.
Daniel V. Villamediana (artículo originalmente publicado en el Cultuas de La Vanguardia)

domingo, febrero 01, 2026

Mr. Scorsese: la rabia creativa


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¿Qué es un director de cine? Esta es la pregunta que trata de responder la serie documental “Mr. Scorsese” (2025), dirigida por Rebecca Miller para Apple TV+. ¿Qué es, efectivamente? Desde fuera parece ser alguien que pone en escena una serie de imágenes, que toma decisiones durante el rodaje, que fragmenta y luego reordena el mundo para contar su historia. Sin embargo, en “Mr. Scorsese” vemos justamente todo lo que no se ve: lo irracional, la culpa, la furia destructora y creativa al mismo tiempo, el abuso de drogas, la ambición desmedida, el abismo y la autodestrucción.

Sorprende justamente ahora, o quizá por ello, conocer al verdadero Scorsese en el momento en el que se había convertido en el abuelo más simpático de TikTok gracias a los vídeos de su hija Francesca, y descubrir una figura totalmente compleja, por momentos antipática, en lucha constante consigo mismo y sus numerosos demonios. Aunque ya desde el primero de los cinco episodios de la serie se trata de explicar de dónde surgía esa furia capaz de destruir un cuarto durante una discusión, hablándonos de su infancia en el Lower East Side, de su cercanía con la mafia, de la violencia de las calles, de su catolicismo y su vocación sacerdotal, esto no explica por qué Scorsese es como es. Y esto es lo interesante de la serie, que no pretende “cerrar” al personaje, sino hacernos partícipe de sus contradicciones.
“Mr. Scorsese” funciona así como confesionario donde el artista es tanto el confesor como el pecador. El director de “Toro salvaje” (1980) tiene aquí la necesidad de desnudarse ante el espectador, de buscar la absolución de sus pecados personales pero también de algunos fracasos creativos como “Boxcar Bertha” (1972) o “Kundun” (1997). Su sinceridad es apabullante, relatando episodios de violencia, el fracaso de cinco matrimonios o la vida de drogas, sexo y rock’n’roll que vivió junto con el cantante de The Band, Robbie Robertson (1943-2023), hasta acabar medio muerto en un hospital. Lejos de la hagiografía al uso, la serie revela las dificultades de un autor dentro de la industria y su lucha por mantener su independencia contra el poder de los estudios.
Pero, por supuesto, “Mr. Scorsese” es también una serie sobre su obra, marcada inicialmente por el cine italiano y neorrealista, la nouvelle vague o John Cassavetes, y cuya fuerza residía en atreverse a filmar las violentas calles de Nueva York de los años setenta, cuando realizó películas como “Malas calles” (1973) y “Taxi Driver” (1976), imágenes en estado bruto que no se podían despegar del mundo de asfalto del que surgían, muy distintas a la sofisticación de sus películas de los últimos años. Es también especialmente interesante ver cómo se describe la intensa colaboración con su equipo, primero con Robert De Niro, con el que compartía esa locura que ambos parecen llevar en las venas, y luego con Leonardo DiCaprio, pero también con su montadora Thelma Schoonmaker, convertida en las manos y los ojos del director. Pero, sobre todo, este es un viaje hacia los infiernos de un creador marcado por traumas y obsesiones.
Martin Scorsese ha logrado convertirse, gracias a su amplia y variada obra, con éxitos de taquilla como “El lobo de Wall Street” (2013), en uno de los directores que más generaciones de cinéfilos han respetado y que ha logrado salir indemne frente a esa apisonadora que son los estudios de Hollywood. Una lucha contra el sistema que es una lucha también contra sí mismo y su desmedida ambición, y que nos habla de un artista que no vivió del cine, sino que vivió literalmente en el cine, arrollado por ese tren de fotogramas. ∎
(Oiriginalmente publicado en Rockdelux)
Daniel V. Villamediana
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Pluribus: sola contra un mundo perfecto


Después de éxitos tan sonados como Breaking Bad (2008-2013) y Better Call Saul (2015-2022), el showrunner y guionista Vince Gilligan no lo tenía fácil para mantener su prestigio. Por ello, Gilligan se asomó al abismo creativo y, en vez de jugar la carta segura, como hizo con el spinof Better Call Saul, decidió hacer una serie de ciencia ficción, Pluribus (AppleTV). Aunque esto no es exactamente así, porque sí mantuvo algo de sus anteriores experiencias televisivas: la actriz Rhea Seehorn. De hecho, toda la serie gira en torno a ella y está pensada para ella. Es el centro de este mundo ficticio que ha sufrido una invasión alienígena totalmente inesperada, una especie de virus que ha provocado que la gente sea feliz, sin problema alguno, y que viva de forma comunitaria, sin egos, propiedad privada, o desengaños amorosos. Por si fuera poco, disfrutan de la telepatía y comparten el conocimiento universal (todos conectan con la mente de todos y saben lo mismo). Además, son incapaces de mentir y de hacer daño; ni siquiera de arrancar una manzana de un árbol. Una sociedad utópica que ha logrado lo que ninguna otra sociedad del pasado humano había conseguido: la igualdad total y un estado de felicidad pleno. Sin embargo, hay una docena de humanos, entre los que se encuentra el personaje interpretado por Rhea Seehorn, que no han sido infectados por este virus extraterrestre. La mayoría aceptará la nueva situación, pero ella, famosa escritora en su vida anterior, luchará (luego se añadirá otro hombre insobornable) para que todo vuelva a la normalidad.



Lo interesante de Pluribus es que rompe con la larga tradición inaugurada por H. G. Wells con su novela La guerra de los mundos (1898), con invasores malvados que buscan destruir la humanidad. Más bien, la serie de Gilligan es una reescritura de otro gran clásico: La invasión de los ladrones de cuerpos (1958), obra maestra del cine de ciencia ficción que en su momento reflejó el pánico a la invasión comunista y al control mental (es necesario recordar que durante los años cincuenta se creó un verdadero pánico al descubrirse que algunos prisioneros norteamericanos durante la guerra de Corea había sufrido un lavado de cerebro). En el filme de Siegel, una especie de vegetal alienígena procedente del espacio es capaz de duplicar a cualquier persona, una silenciosa invasión que creó una sociedad fría e igualitaria, donde no existe atisbo alguno de emoción, voluntad o felicidad. Era una visión oscura y estereotipada de la Rusia soviética y de los peligros que conllevaba. En Pluribus el aspecto ideológico ha quedado atrás, y la serie reflexiona con inteligencia sobre qué consiste en ser humano, si en sus imperfecciones, en la necesidad de conservar el yo a toda costa o, por el contrario, en librarse del sufrimiento. En este sentido, la propuesta de Pluribus no deja de ser un reflejo del pensamiento budista (y también del jainismo, contrario a acabar con cualquier forma de vida), ya que en esta nueva sociedad se ha erradicado la fuente de todo sufrimiento: el deseo.  



Pluribus es una propuesta arriesgada y original que narra en el fondo una peculiar versión de Robinson Crusoe pero en un mundo poblado por miles de millones de alienígenas que conservan su aspecto humano y que provocan que la protagonista viva en una especie de desierto social. Una propuesta valiente porque apenas tiene subtramas, salvo durante los últimos episodios. Todo gira en relación a las acciones de Rhea Seehorn y sus intentos frustrados por regresar a una vida que tampoco le hacía feliz. Es por tanto una narración austera, con pocos diálogos, que huye de los golpes de efectos habituales, pero que sin embargo cautiva en todo momento. Un ejemplo de serie inspirada, que cree en sí misma, y que se mueve en un espacio inédito dentro de la ficción televisiva.

(Oiriginalmente publicado en Rockdelux)

Daniel V. Villamediana